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viernes, 24 de enero de 2014

La Rueda de la Fortuna. El Samsara, el Karma y el Dharma

Como habréis comprobado en el blog me entusiasma relacionar símbolos. Acercar símbolos de occidente y oriente, me ayuda comprobar que todas las culturas, independientemente de donde sean, comparten muchos símbolos, ya que el símbolo al contrario que el lenguaje, tiene un componente universal. 
  
La rueda de la fortuna pertenece al número 10 de los Arcanos Mayores, por lo tanto representa el final de un ciclo: pasamos de un número de una cifra a un número de dos cifras. Pero este final de ciclo también representa el principio de un ciclo. Volvemos al origen: 1+0=1.
Del Arcano número 1 al Arcano número 9 se cumple un ciclo (las figuras de estos arcanos del 1 al 9 parecen ser más humanas) Del Arcano número 10 al 19 se cumple otro ciclo (estas figuras parecen ser más fantásticas y mitológicas) Los arcanos 20 y 21 representan el final de los ciclos repetitivos; con el Juicio Final (Arcano 20) y la realización de El Mundo (Arcano 21). El Arcano El Loco (sin número), representa la energía primordial que hace girar la rueda de los ciclos.

En la imagen de este Arcano se pueden ver tres personajes, entre el humano y animal, enredados con la rueda. En la parte de arriba, una especie de esfinge con  una espada y una corona, parece hacernos ver lo fútil del poder y las riquezas del mundo material, pues inevitablemente todos los encarnados pasaremos por el final de ese ciclo material, y al otro lado, nos llevaremos nada más, que lo que hayamos acumulado en el nivel espiritual. 

Esta carta nos enseña, que nada es producto del azar, todo tiene un sentido, y lo que vivimos en cada momento, es parte de un ciclo mucho más amplio y profundo. La Fortuna nos indica que nadie puede estar seguro de nada, pues todo lo que sube luego baja y viceversa; si un día tuviste poder, otro día lo puedes perder; si un día acumulaste riqueza, en cualquier momento lo perderás. Este es un símbolo de la transitoriedad de las cosas materiales, ya que en lo material nada es para siempre. La esfinge representa el apego y el deseo que nos mantiene atados a la materia, es el monstruo, nuestra sombra, que debemos descubrir en nosotros para poder trascenderla. La sombra siempre se esconde dándonos pistas, pero nunca nos dice la verdad de lo que esconde… Si no somos capaces de saber que esta ahí, dominará nuestro destino. Esta esfinge es un personaje muy parecido al personaje del Arcano El Diablo (diablo, viene del vocablo dividir. El diablo nos divide nos hace vivir en la dualidad).

Los seres mitad hombre, mitad humano, atrapados en la rueda, suben y bajan repitiendo continuamente las mismas situaciones y volviendo siempre al mismo punto de partida, así como nosotros aprendemos en la vida a base de repetir la misma situación, hasta que tomamos conciencia y pasamos a otro ciclo.  El dominio de los instintos es fundamental para no permanecer dando vueltas en la rueda de las encarnaciones eternamente. Si somos capaces de dominar nuestros instintos, podremos hacernos con la rueda, sino, estaremos destinados a vivir una vida entregada a la diosa de la Fortuna, que será en este caso la dueña de nuestro destino. La Fortuna, entonces, nos colocará en una serie de circunstancias que no podremos dominar con la personalidad (persona=mascara), a no ser que utilicemos el estado interior de nuestra conciencia.

La Rueda como símbolo sagrado

El símbolo mandálico más antiguo y más universal, de todos los pueblos, es probablemente el de la Rueda. Este símbolo aparece tratado, directa o indirectamente, en todas las tradiciones.

El círculo y la esfera son dos símbolos, que han sido considerados para muchas culturas como la representación de la totalidad y la perfección. La rueda, en particular, está asociada a ciclos, y a la recurrencia en particular, siendo una especie de modelo simbólico de los ciclos humanos y cósmicos: La rueda zodiacal divide el año en doce signos, los que también están supeditados a ciclos mayores, y estos están relacionados con eras. El término "zodiaco", de origen griego, se traduce por "rueda de la vida".



La rueda en el plano es un círculo, y la circularidad es una manifestación espontánea del cosmos. Y esa energía ha de provenir de un punto central que la irradia. En astrología este símbolo es el símbolo del Sol, pero también el símbolo del zodiaco, y por tanto el símbolo de nuestra propia conciencia: “Lo que es arriba es abajo”.

Se considera a la cultura Olmeca como la "cultura madre" de Mesoamérica. Algunos investigadores creen que los olmecas fueron los supervivientes de la desaparecida Atlántida. Aun no se tiene una conclusión clara de porque los Olmecas desaparecieron misteriosamente alrededor de 400 a.c. 

Uno de los misterios más desconcertantes que existen en esta cultura y en las que la precedieron (mayas, incas) es que no usaban la rueda aunque la conocían. A pesar de la cantidad de monumentos hechos en piedra no tenían animales de carga, por lo que el trabajo para la construcción de estos monumentos, fue llevado a cabo íntegramente por medio del esfuerzo humano, ¿Qué tipo de herramientas utilizaron? Sin embargo, se han encontrado evidencias de que estas culturas conocían la rueda, ya que en algunos yacimientos se han encontrado juguetes infantiles con ruedas. 

Hace unos años, escuche a una sabia anciana de la cultura maya, que hablaba sobre este tema, contando que la rueda sí que era conocida por los antiguos mayas, pero la consideraban un símbolo tan sagrado, que no querían profanarla y convertirla en algo cotidiano y vulgar. Para ellos, utilizar la rueda como algo utilitario, significaba corromper lo sagrado de su naturaleza, y todo tiene su consecuencia. Y así le ha ocurrido al hombre moderno, que a partir de la utilización de la rueda (empezando por el reloj, el dominio y división del tiempo), su progreso tecnológico y económico ha sido tan acelerado, que lo que ha obtenido es su desconexión con el fluir de la naturaleza, avocándole a una artificialidad forzada, de degradación y destrucción cada vez más acelerada, hacia él mismo y hacia su propio entorno. Solo cuando el hombre vuelva su mirada hacia el interior, podrá reconducir su vida y la de su entorno.

El Samsara, el Karma y el Dharma

La Rueda de la Fortuna es la Rueda del Samsara. El concepto de Samsara es el ciclo de nacimiento, vida, muerte y encarnación, de las tradiciones filosóficas hindúes brahmánicas o budistas. Es un símbolo tan respetado en la India, que hasta se encuentra dentro de su propia bandera.

El Vedanta, que es una de las escuelas de la filosofía hindú, nos enseña que hay dos conceptos fundamentales para entender la realidad: Maya; naturaleza ilusoria de la realidad que hace que nos percibamos como seres individuales, Karma; La identificación, el apego y la apetencia de fruto en la acción, que hace que la naturaleza individual se afiance y perdure.

Según el Vedanta, la realidad se desarrolla dentro de dos situaciones: dualidad y No-dualidad. Mientras el ego exista, las dos; dualidad y No-dualidad, coexisten. Si el ego desaparece, la dualidad se absorbe de inmediato en la No-dualidad.

Hay que tener en cuenta que no se trata de acabar con el ego, o hacer que desaparezca. El ego es necesario para poder vivir en este mundo material, pues representa nuestra personalidad, pero es la conciencia humana quien debe de guiar el ego, no el ego a la conciencia, para ello el Vedanta nos propone un concepto diferente a la acción y es La Recta Acción.

Para entender la Recta Acción Sesha, en su libro “El eterno presente”, nos describe una serie de conocimientos que ahondan en esta filosofía:

A cerca del KARMA:

Toda acción ejecutada con sensación de pertenencia (actividad egóica) y búsqueda del fruto genera karma. O sea, el acto vivido con sensación de pertenencia y gusto por el resultado crean sensación egóica de continuidad. El individuo se liga a la acción y a su consecuencia creando karma.

El apego tiene que ver con dos características: Apetencia del fruto de la acción, o sea, la realización de la acción por la obtención de la meta propuesta y la sensación de pertenencia del ejecutante de la acción, o sea, el sentirse identificado con la acción

A medida que la identificación aparece, surge de este acontecer el karma. Por lo tanto, el karma es la consecuencia de la identificación de la acción. El karma liga buenas y malas obras pero, fundamentalmente, une al actor con la consecuencia de la acción.

El deseo como tal no cualifica ni cuantifica a la acción, tan sólo relaciona la causa de la acción con su consecuencia posterior. Todas las acciones realizadas por los individuos en un presente tienen como causa previa, una acción realizada por deseo, razón por la cual, ambas hilvanan el hilo del karma.

El deseo planea en la mente humana creando la mayor fuente de dolor y penurias: el egoísmo. El ser humano por naturaleza ni es bueno ni es malo, tan sólo es egoísta. Prevalecer en el “yo” pese a todo y sin importar nada infunde egoísmo. Afianzar el “yo” a través de la acción relacionándose con ésta mediante la pertenencia y la apetencia del resultado induce continuidad a la sed egoísta del mismo “yo”.

El mundo entero ilusionado clama por resolver el misterio de saber qué es el “yo”. Pero extrañamente nadie se contenta con el simple misterio de “ser”. “Ser” es un acto tan normal y espontáneo que en la práctica se experimenta como axioma. Se “es” y punto, nadie lo niega. Pero “ser” asociado a algo como por ejemplo: “ser yo”, cautiva y confunde la mente. Karma es aquello que mantiene la continuidad a “ser yo”. La meditación, en cambio, nos sitúa en la esfera de “Ser” asociado a un no-yo.

A cerca del DHARMA:

La Recta Acción. Existe una manera correcta de realizar la acción sin que el sujeto se identifique con ella. La acción ejecutada de esta forma es denominada dharma.

El ambiente natural sobre el cual se desenvuelve la acción se denomina dharma o Recta Acción. Sin embargo, quien cumple la acción desde esta perspectiva no genera ningún gasto psicofísico, pues libre y sin esfuerzo actúa estando inmerso en lo que hace.

Dharma es, entonces, la acción ordenada que sitúa a quien actúa como parte de un orden natural y espontáneo, donde no existe ni exceso ni defecto en el actuar. Dharma es una medida justa que se adapta a cada acontecer. Toda acción, por difícil o conflictiva que parezca, tiene una forma de hacerse rectamente.

Todo ser humano tiene un dharma cuando ejecuta sus actos, y es el de realizarlos correctamente. La misma naturaleza tiene su dharma, el del Sol es iluminar y dar vida, el de los animales entre ellos servir de alimento a sus depredadores, y éstos a los siguientes en la cadena alimenticia con el fin de preservar la vida. El dharma más alto del ser humano es el conocimiento de Sí Mismo.

Se desprende, de aquí́, la posibilidad de realizar la acción sin apetencia de fruto y sin egoencia. Ello no implica dejar de lado la responsabilidad asumida previamente con el acontecer cotidiano; es más, implica cumplir adecuadamente con la responsabilidad de realizar la acción pero sin identificarse con ella. A este tipo de actividad se le denomina dharma, Recta Acción o karma yoga.

Como consecuencia de las afirmaciones previas, existe la posibilidad (exclusiva de cada individuo) de identificarse o no con la acción. A ello se le denomina libre albedrío. Por lo tanto, la libertad no estriba en decidir qué acción ha de realizarse, sino en identificarse con ser actor o con la consecuencia de los actos. Los actos y el destino de ninguna manera pueden ser cambiados, de igual forma que cuando ha sido ya impulsada una flecha por el cordel de un arco es imposible modificar la trayectoria hasta el momento final donde regresa a tierra.

A cerca del PRESENTE:

El Presente Es, pero no puede ser definido como algo. El Presente es un flujo incesante de existencia. Fluir en el Presente implica permanecer atento.

Aparte de todo esto, el Presente o la capacidad espontánea de presencia tiene una cualidad maravillosa, y es que el acto del saber sólo opera cuando se está en él. Sólo es posible conocer en el Presente; en el pasado tan sólo se piensa. Pensar y conocer son dos cosas diferentes. En el pensar hay razón, movimiento, actividad, duda; en el Presente hay saber.

Saber no es pensar. Pensar es emitir nombre y forma al Ser opacando su naturaleza no- dual. Así́ pues, mientras la mente merodee constantemente en el pasado, la percepción se asociará exclusivamente a la memoria y a su naturaleza ilusoria y dual.

Cuando un individuo opera sin apetencia al fruto de la acción y a la vez permanece en el Presente realizando la acción, su voluntad intencionada muere y con ella el “yo” se diluye homogéneamente en toda la percepción. Esta modalidad de acción se denomina meditación en la acción.

El truco de la vida no consiste en hallar las acciones fuentes de felicidad, sino en realizar cualquier acto desde el sitio generador de la propia felicidad: el Presente.

Bibliografía: "El eterno presente" Sesha

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